Fui privado, no sé si por edad o por haber pasado recientemente la enfermedad de una varicela de asistir a la final de la Recopa de 1980’ de Bruselas. El resto de la expedición familiar sí estuvo presente. Mantengo vivo el recuerdo de la televisión Sony, a las faldas de mi abuela Amelia, y alderedor de una mesa camilla con mis dos hermanas con los nervios a flor de pie entrando, y saliendo de la salita que bauticé con vistas al Guillver.
La otra la vida, la analógica, visiblemente palpable en el recuerdo, es un baúl repleto de papeles, fotos y cromos. Lo vivido aquel catorce de mayo es un testimonio irrepetible. Fuimos campeones en el terreno de juego y mejores fuera de él.
Además de las anécdotas y vivencias familiares, Salvador Gomar, relator unos años después de contar aquella data histórica para el valencianismo.
Tal fue la energía demostrada por la afición del Valencia en los alrededores del estadio de Heysel, que aquella jornada ofrecía una imagen más propia de un día festivo de las fiestas de San José, que de una final internacional de fútbol.
El vermut, compuesto por tracas y petardos, provocó el miedo y la furia del comité organizador de la final, que advirtieron a los mandatarios valencianistas de su posible suspensión en caso de que no cesara el estruendo de la pólvora.
El gerente Gomar, a través de la megafonía del estadio, lanzaba un mensaje de tranquilad para que la afición cesara en la actitud pirotécnica que asustaba a la afición inglesa.
