El posible “delito” ha preescrito. Más que delito, millor trampa, picaresca o acción mal pagada, aunque no estaba pagado aquella labor encomiable, que para muchos acérrimos incodicionales, el organizar los preparativos de un tifo se habia consagrado en una muestra de fe.

El tifo se convertiría en un producto más de consumo. Un tifo mercantilizado, y que sin hipocresía alguna, para alguno, “era como irse de putas, frío y aséptico” Trabajamos sin descanso muchas lunas, más por servir al Valencia que por servirnos de él.

Por aquel entonces el fútbol todavía era social, existía cierta libertad y mucho libertinaje, y el club confiaba en la grada Gol Gran a la hora de responsabilizarnos durante el montaje en las horas previas a la disputa del choque. Normalmente la semana había dado mucho de sí, compra de utensilios y preparación para demostrar al resto de gradas de la liga española que con poco presupuesto, ingenio y duro trabajo, el folclore incial desplegado podría alcanzar resultados insospechados.

Nos reuníamos en la Plaza de la Afición, una vez todos los convocados de la lista acudían a la llamada, siempre había alguna baja o la clásica impuntualidad. El único requisito impuesto por el bueno del jefe de seguridad, Tomás Ramos, era acceder todos juntos a Mestalla por el acceso a conserjería, entrada por la Avenida Suecia.

A esas intempetivas horas, los tornos no solían funcionar, con solo mostrar el pase al vigilante te daba el paso. La mayoría de los convocados, optamos por no volver a salir de Mestalla, con lo que nuestro abono volvía a la libre circulación.

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