Por qué fuimos ultras?,

Muy sencillo, gracias a la complicidad de unos medios de comunicación tanto públicos como privados, que ejercieron de caballo de Troya en el aterrizaje forzoso de la nueva enfermedad engendrada en el fútbol, la violencia gratuita.

Las gestas épicas de aquellos enmancipados mirmidones, que desde lo más alto del atalaya, amenizaron con relatos díscolos y enfermizos un serial de episodios de televisión, escribiendo crónicas funestas en la prensa escrita con el fin de saciar el hambre y su frustración. Había que sacar músculo. Ser visibles.

Al territorio español, la moda ultra, llegó un poco más tarde que al resto de países del conjunto de Europa, (a mediados de los ochenta) principalmente en Reino Unido e Italia, por la situación política que vivió el país por la dictadura franquista. Fuimos más retrasados que el resto en esto de lanzar piedras, quemar contenedores, encender bengalas y enfrentarnos a la policía, aquella policía que vestía de marrón, y que se le recriminaba desde la grada, “de qué equipo son”.

El joven aficionado español iría consumiendo un cóctel de las primeras imágenes en color del embrutecimento colectivo. Las sinergias negativas degenerarían en un ambiente hostil, basado en la ley del más fuerte. La irá o la sinrazón descolgaban la bandera negra desde los graderíos de todos los estadios del fútbol español contribuyendo a convertirse en una epidemia. Destruir lo aparentemente moral de forma radical, a través de la purificación espiritual de una generación irreverente, confusa y emergente desde el concepto más subterráneo.

Años después, los aparatos del estado señalarían en sus múltiples estudios a los medios “que contribuyeron a situar el objeto social, en el foco público, generando percepciones sobre su presencia en términos de frecuencia y difusión”. El fútbol encontraba un extraño aliado, una especie de alien que viajaría en el relato hasta el día de hoy.

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